viernes, 12 de junio de 2015

Tocar por compromiso

Escribo desde el autobús de México a Acapulco; esta vez me demoré un par de días, no por alguna audiencia en el juzgado, como hace unas semanas, sino por un compromiso que tiene que ver con el laúd. Una regla que no escribieron los antiguos maestros chinos es que nunca debes despreciar compromiso alguno en el que se soliciten los servicios de tu laúd. 
Aunque a veces me inclino a pensar que cualquier persona sensata hubiera rechazado cuando menos la mitad de los ofrecimientos de trabajo que yo he aceptado durante mi vida como laudista, y que tengo una afición irracional por encargos inútiles, irrelevantes y mal pagados, una revisión más profunda de mi bitácora personal arroja una conclusión distinta: todos los compromisos han tenido importancia, si bien la profundidad de su sentido y su trascendencia no podrían haber sido calculadas en su momento con el corto alcance de mi percepción y raciocinio.
Motivado por el sentimiento de inseguridad que he confesado renglones arriba, intentaría poner en el punto más visible de mi bitácora —al no encontrar logros profesionales deslumbrante— algunas victorias amorosas, y me atrevería a ampliar la lista de los antiguos maestros chinos con nuevas reglas sobre la intervención o abstención del laúd en la seducción y el desamor. 
Pero como no es este sentimiento el que me embarga durante mi travesía que pronto llegará a su destino, prefiero hurgar en las más intrascendentes labores para las que han sido requeridos los servicios de mi laúd, sólo por comprobar la veracidad de esa regla no escrita por los antiguos maestros chinos de que cuando alguien lo solicita, lo pide sinceramente, el músico tiene que acudir con su laúd al compromiso, con absoluta lealtad y sin cuestionamiento alguno.    
                                                                                                    Fantasía de Luis MIlán

Por ejemplo aquella señora de la colonia Guadalupe Inn, que me invitó a tocar a la Iglesia en forma de planeta tierra de la calle Manuel M. Ponce para satisfacer ciertas inquietudes espirituales de un grupo de personas. “Música elegante” fue el título; también recuerdo, aunque difusamente, el gesto amable de la señora y que en agradecimiento me invitó a un convite muy elegante en su bonita casa de la misma colonia semanas después, con algunos personajes muy distinguidos que apreciarían mi labor, según me dijo con sinceridad. Pero no logro recordar más…
O aquel grupo de estudiantes entusiastas en donde coincidían alumnos de letras, filosofía y teatro y que estaban llenos de motivación con el proyecto de su nueva revista sobre temas culturales. Me imagino que eligieron como comisionados para abordarme al más elocuente de entre los varones del grupo y a la más atractiva de las mujeres. Me invitaron a que participara con un concierto de laúd que ellos organizarían; con un poco de pena me hicieron saber que no me podrían pagar, pero que no me debía caber duda de lo mucho que valorarían mi aportación si es que yo aceptaba participar con ellos en esas condiciones, que brindarían una comida en mi honor, en casa de alguno de ellos. El estudiante hablaba poniendo cuidado en sus palabras y sus formas, mientras la estudiante sólo sonreía. 
Debo reconocer que pesó más en mi decisión de aceptar la invitación la sonrisa de Tania que las esmeradas palabras de su compañero. Digo esto porque justamente recuerdo su nombre, su cabello trenzado, sus pecas y sus ojos negros, mientras que de él no recuerdo más que su voz, y muy vagamente. Aclaro que lo que estoy recordando habrá sucedido por el año 1999 o antes quizás, y que hoy escribo en el año 2015.
Llegué bien preparado a la cita en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y comprobé que las condiciones para el concierto eran bastante inconvenientes. Había en ese entonces unos espacios desaprovechados justo a la entrada, del lado derecho: muy abiertos, con mala acústica, poco acogedores, sin sillas ni mobiliario amable alguno; situados junto al paso de hordas de personas que caminaban platicando entre sí, saludándose, bromeando, o bien, con los ojos —y los demás sentidos— puestos mucho más allá, deliberadamente ausentes del paisaje que ofrecía ese tránsito inevitable.
Los organizadores del grupo de estudiantes de la revista estaban ahí, aunque no todos. Algunos, pienso ahora, ante las altas posibilidades de fracaso habrían desertado oportunamente. Los que me recibieron mostraban, con nerviosismo y cierto desánimo, su compromiso para resolver las adversidades; me consiguieron una silla para que pudiera sentarme a tocar y me prometieron que el público estaba por aparecer. 
De manera un tanto tramposa, mi memoria ha borrado de los recuerdos las adversidades a las que me he referido. Al invocar la memoria de aquel concierto veo como me cuelgo con decisión heroica el laúd a la espalda, ocupo mi asiento y siento el poder de sobreponerme a cualquier obstáculo. Me entrego a lo etéreo, a lo caprichoso y a lo inútil de aquella empresa. Anuncio las piezas, me esfuerzo en tocarlas con corrección, expresividad, me esfuerzo en la absurda tarea de convencer a la audiencia que detrás de ese evento fallido puede descubrirse algo hermoso, algo que yo tampoco veo, pero en lo que creo con una fe ciega y sin lazarillo, con una fe vulnerable.
Algunos espectadores se levantaban, se acomodaban al hombro la mochila y se iban, pensando en quien sabe qué cosa, con la indiferencia del que se levanta de una banca en un parque solitario; alguno que otro de tantos que pasaban por ahí, se incorporaba dudoso, sin muchas expectativas ¿debía seguir creyendo en que podía brindar algún beneficio a alguien este concierto de laúd? 
Al borde de una respuesta negativa, hubo un acontecimiento que puso a temblar mi pregunta, un hecho único que alimentó aquella fe débil y cacheteada, un destello de sentido. Una muchacha delgada vestida con colores claros de algodón se acercó con decisión al concierto y se sentó en el piso, cerca de mí. Tomó un lugar idóneo para que el sonido del laúd llegara a sus oídos mediante una breve línea recta horizontal, para que llegara a pesar de los indeseables transeúntes, ruidos y voces. La estudiante llevaba un morral de tela con libros, creo recordar, y una cinta de tela en la cabeza que acomodaba el cabello de manera variada a su antojo. No puedo precisar si presenté en voz alta la Plegaria ante ella o empezaba ya a tocarla cuando se sentó; lo que recuerdo muy bien es de qué manera me esforcé en tocar mi composición, con la conciencia de que no era un esfuerzo inútil. Aunque como suele suceder en la música, era un esfuerzo sólo por comunicar, sin otra meta que alcanzar sus oídos y entrar en ellos.


Cuando me alejaba de la Facultad, con la ingenua satisfacción del músico post concierto revoloteando en mi interior y con el estuche del laúd firme en la mano, mi mente volvía a recrear con vehemencia y cierto morbo lo que ocurrió durante la Plegaria. Atribuyéndome una generosidad imaginaria, sentía el deseo de consolar a esa muchacha de vestimenta clara que se había levantado al final de la pieza sin lograr contener el llanto, que ya no podía mantener la discreción de su llorar. Yo sentía una ardorosa curiosidad por saber qué le pasaba, me interesaba descubrir que pena la embargaba; me dolía un poco el corazón cuando suponía que se había acercado a mi, esperando que la música del laúd la llevara a evadirse suavemente de su tristeza, para, por el contrario, ser arrollada por una amplificada tristeza en aquel falso refugio. Un calorcito en mis manos surgía de la seguridad de que ella no se habría levantado de no temer que su llanto distrajera o perturbara la atención de los demás espectadores. 
La ausencia de la muchacha de vestimenta clara que se levantó llorando sería, a partir de entonces, una espina clavada permanente en mi mano, sería uno de esos dolores a los que un humano como yo, desgraciadamente, se acostumbra hasta dejar de sentirlo. Lamenté que no fuera carbón ardiente, en lugar de espina, un fuego que me hubiera hecho saltar de la silla, disculparme con los espectadores restantes y correr con el laúd a buscarla, al menos para saber quién era, cómo se llamaba. Cuando mi mente me arrastraba con fuerza a recrear esa posibilidad no vivida, un censor interior me recriminaba entrometerme, incluso de pensamiento, en la vida de la gente ajena, del respetable público ¡caray! 
Reconfortante, en cambio, era la pureza de la ausencia donde había dejado mi música. Si acaso alguna semilla sonora desgranada del laúd había encontrado un clima humano adecuado, un rincón de fertilidad, debía bastarme la esperanza, la poesía. Ni las más bellas plantas, ni aún las más escasas en el  mundo, corren detrás de sus semillas para vigilar su crecimiento; se quedan solas, mecidas por el viento y sueñan con nuevas vidas de las que nunca tendrán certeza. Así, yo debía aceptar aquel llanto como un vendaval, como una lluvia copiosa de nubes en rápido movimiento, la buena tierra desgarrándose en las laderas, lodo vital rodando vertiginoso alejándose para siempre. Debía yo aceptarme sembrado en una silla como un arbusto de muy lento crecimiento, como un árbol deforme de raíces lastimadas.
Tal vez ni ustedes, lectores, ni yo tengamos elementos de juicio para considerar si es una cualidad mía la sensibilidad de encontrar en cada concierto algún detalle para darle sentido (el reconocimiento secreto de un oscuro sabio, la expresión exageradamente emocionada de algún joven imberbe, la reverberación de algún recinto histórico) o si mi capacidad consiste en construir en mi mente la justificación para los esfuerzos vanos.
Ahora, en base al repaso que acabo de compartirles ¿qué más puedo decir en favor de ese concierto? ¿a dónde he llegado en el afán de disculpar mi entrega a lo inútil, a lo etéreo y a lo intangible? Aunque obligo a mi memoria a ser veraz y precisa, no logro recordar si el evento en la Facultad fue antes o después de la huelga, pero en cualquier caso no contribuyó en nada ni a provocarla ni a su resolución. De aquella revista no he vuelto a saber nada, en vano fue mi ilusión de que aquel proyecto estudiantil se convirtiera con el tiempo en un hito de la cultura nacional. No me acerqué ni un centímetro a la sonrisa de Tania aceptando su invitación, se esfumó entre el humo del cigarro; el platillo principal de la comida en mi honor eran varias caguamas que no bebí. Probablemente tampoco gané nuevo público para las actividades de apoyo a la docencia que realizaba en ese entonces, no brindé bálsamo a las almas doloridas, ni diversión a aburridos espíritus.


Pero aún no termino: ¡escuchen bien a los antiguos maestro chinos, mírenlos escribir la regla del compromiso con el laúd! Diez años después de aquel errático concierto, de aquel aparente desperdicio de energía, descubrí que mi amada esposa era la fugaz muchacha de colores claros que se fue llorando al terminar la Plegaria. Conozcan el poder de una lágrima derramada sobre las invisibles raíces rotas del laudista. Descubran maravillados conmigo que, sin saberlo, me levanté de mi silla y fui tras ella a paso de madera. Sepan que siempre la he amado y que ese concierto en el pasillo universitario fue el más importante de mi vida.





miércoles, 30 de enero de 2013

Inanna y la música. Parte I


Manuel Mejía Armijo, enero 2013

Me sentí muy afortunado cuando Lorena Maza me invitó a colaborar en un montaje teatral que apostaba a un texto muy antiguo. Lorena, definitivamente creía en el poder del texto, de ese texto: no habló de hacer adaptaciones para darle actualidad, no habló de insertar localismos, bromas modernas ni comparaciones con cosas del momento. En aquel primer encuentro, me comentó que llevar a cabo el proyecto de Inanna, era un antiguo propósito que tenía desde hace años y que se había ido cocinando lentamente hasta que de pronto, había surgido la oportunidad de darle salida al público.
El tiempo es un dios que como enemigo es cruel, implacable y fatal, pero como amigo puede dar bellas satisfacciones. Así se muestra benévolo con las tablillas de Enheduana, cuyos glifos cuneiformes son arrojados a la playa de estos días de invierno para despertarnos con su sentido; el tiempo, dios aliado espléndido de Noah Kramer y también de Elsa Cross, quienes inmunes a las prisas avanzaron con una lamparita en la mano buscando el mensaje de lo humano y lo divino en la poesía primigenia, motor de todo lenguaje.
Omnipresente, el tiempo es un dios de lo grande y lo pequeño. Se manifiesta en el aliento poderoso de las palabras de Enheduana vertidas hace unos cuatro mil quinientos años, que me envuelve y me despierta, y se manifiesta en el camino de mi vida: entrañables artistas con quienes he compartido la creación desde hace años, fuimos reunidos en este montaje.
Kaveh Parmas y Manuel Mejía en la tumba de Furugh Farrojzad, Therán, 2009
A Kaveh Parmas lo conocí en el año 2001 en el teatro El Galeón y desde entonces hemos trabajado juntos casi ininterrumpidamente con La Giralda -ensamble que formamos ese mismo año- en una serie de proyectos plenos de vida y creación. Viajamos a Therán, Irán a visitar la tumba de Furugh Farrojzad; viajamos a una playa desierta del Pacífico para musicalizar un gran espectáculo fallido al estilo Fitzcarraldo; hemos cosechado modestos éxitos y productivos fracasos. He aprendido mucho de él y nuestro trabajo en equipo me ha traído enormes satisfacciones.


Carmen Mastache con el grupo Segrel, Ciudad de México, 2003
A Carmen Mastache la conocí el año de 1996 en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del CCU; entre los dos interpretábamos la música en la obra “Servando o el arte de la fuga”, desde un rinconcito. Recuerdo bien su gran disponibilidad: cantaba, tocaba el sax, si era necesario entraba al centro del escenario a bailar. Aprendí mucho de ella desde el principio y forjamos tempranamente una relación de amistad amable, productiva, que trajo como consecuencia conciertos, grabaciones, viajes, convivencias. Su talento, su vocación musical, el cuidado de su salud y su sagacidad me han admirado desde entonces; cuando le comenté que estaba dejando de fumar me dijo: “¡Mucho cuidado, ahora tendrás que aprender a respirar!”. La recuerdo viajando embarazada por las curvas de la Huasteca al final de una gira con el grupo Segrel -ensamble que compartimos durante seis años-, o visitando a Margit Frenk en su departamento de Fuentes del Pedregal, o defendiendo foribunda la dignidad del artista escénico. Compartir el escenario con Carmen es todo lo bueno que puede contener la expresión “Me siento con en casa”.
José Pablo Jiménez y Manuel Mejía, 2009
Lorena Maza nos otorgó la confianza a Kaveh y a mí para conformar el equipo de músicos, convocando el talento de Mehdi Molaei, llegado a México desde Irán en el año 2011, formado en la tradición clásica de la música persa y con quien he compartido proyectos interesantísimos de intercambio y aprendizaje; y de José Pablo Jiménez, habilidoso e inquieto multi-instrumentista especializado en viola da gamba, vielle e instrumentos antiguos de cuerda frotada, con quien he compartido diversos programas de concierto y grabaciones de música antigua. El dios del tiempo me hizo otro precioso regalo cuando Kaveh propuso la participación de Nohoko Kobayashi, quien fue fugaz alumna mía de guitarra en el año 1993, y ahora la reencuentro convertida en una poderosa ejecutante de Taiko, y con precisa disposición para interactuar con la escena.
Mehdi Molai y Manuel Mejía, Ciudad de México, 2011
Nahoko Kobayashi, 2013
En la primavera del 2006, saqué cargando de la cama a mi hijo de tres años, lo subí al auto y manejé hasta Paracho, Michoacán para realizar un concierto de instrumentos antiquísimos. Quien me convocó fue el maestro Daniel Guzmán, que impartía un curso de construcción de instrumentos antiguos relacionados con la guitarra a los famosos lauderos del hermoso pueblo michoacano. En el primer curso se construían liras rústicas, laúd copto, guitarra hitita, nefer egipcio, pandora romana, entre otros; Daniel me invitó a preparar un concierto donde se escucharan esos instrumentos, para que los lauderos participantes pudieran guiarse por el sonido; yo quedé enamorado de los objetos sonoros en cuanto se me reveló el sonido de la lira rústica al pulsar sus tibias cuerdas, cuando su sonido me abrazó y me embriagó ligeramente, cuando brotó el grito honesto del copto, al oír su voz directa y desnuda... pero como a veces sucede con el amor, fue vencido por el polvo, que se fue acumulando sobre el copto y el hitita que dormían sobre mi librero; la lira quedó colgada de un gancho en la pared con una o dos cuerdas reventadas. Tal vez Daniel Guzmán es el sukkal del dios del tiempo, o su sacerdote en estos días, pues ha despertado de su largo sueño a esos antiquísimos objetos, los ha formado de madera, pieles de animales, cuerdas; y les ha dado el alimento de vida y el agua de la vida.
Daniel Guzmán en una presentación de los instrumentos arcaicos, Morelia 2007
Aquella tarde del verano pasado en que Lorena Maza me habló de Inanna, desempolvé los instrumentos, preparé la goma laca, lijé sus múltiples caras, los doté de nuevas cuerdas y comprobé que aún rebosaban de vida. Como en un ritual, cada uno de los elementos tomó su lugar, cada uno de los músicos, dotados con nuestros atributos instrumentales, nos convertimos en portadores de un nuevo mensaje sonoro venido de lo hondo del pozo del tiempo. El escenario, hirviendo ya con la vida proyectada por los actores, ha sido el grimorio donde seguimos sumergidos haciendo música, ahogándonos de eternidad.
Algunos de los instrumentos utilizados en la música de Inanna



sábado, 20 de octubre de 2012

Armonía terrenal. Conmemorando el día internacional de la lucha contra el cáncer de seno

Armonía terrenal. La música con Rita Guerrero


Manuel Mejía Armijo, marzo 2011

La mariposa no cuenta meses, sino momentos.
R. Tagore



Como muchos de los mejores héroes, Rita murió muy pronto, a mitad del camino, pero nos dejó un legado y una misión clarísima a quienes estuvimos con ella en el impresionante despliegue de voluntad que fue su vida y que se intensificó durante el último año. Yo que me aferré a la decidida apuesta por la esperanza que emanó de ella durante el proceso de la enfermedad, me dejé llevar por el oleaje creciente de la esperanza hasta dar contra las rocas.


Ansooy e amwaj. Detrás del oleaje. Composición de Manuel Mejía Armijo

Un antiguo tañedor de laúd en China, rompió su laúd contra las piedras cuando murió su maestro y compañero espiritual. El califa Yecid II de Damasco, lloró sin interrupción durante quince días, la muerte de su cantora favorita, Hababa, hasta que él mismo perdió la vida. Algo dentro de mí está deshecho ahora; algo también llora continuamente, noche y día. Extraño mucho a Rita como amiga, y sé que la extrañaré con mayor intensidad conforme pase el tiempo, pero como cómplices que somos (esto debe decirse en presente y sin involucrar a la muerte) tengo la oportunidad de conservar cerca su espíritu si soy capaz de recrear su legado.


Volantes promocionales de los dos discos de Ensamble Galileo

Nos conocimos personalmente en el año 2000 y me impactó que coincidiéramos en vericuetos musicales tan particulares a los que nos había llevado una búsqueda personal. A diferencia de otros músicos que veían con cierto recelo que una cantante destacada en el ámbito del rock mexicano estudiara repertorio barroco y medieval, para mí era una virtud que le aportaba recursos valiosos. Además, mi historia era similar: en 1995 se disolvió mi grupo La Mala Sangre y empecé a estudiar el repertorio medieval y del renacimiento. Inmediatamente descubrí la huella que habían dejado en su alma ciertas músicas con las que yo también resonaba e intuí una gran afinidad musical.

Supe desde el principio que era una intérprete ideal para el repertorio sefardí y otros repertorios hispánicos de influencia oriental, incluyendo la música andalusí. El "factor árabe" decíamos, y exploramos el repertorio privilegiando la vitalidad de la interpretación. Yo la invité a participar con el grupo Segrel, en el programa Estampas musicales de la España medieval (que presentamos en la UNAM) y ella me invitó a formar parte del Ensamble Galileo, con el que participamos, en ese entonces, en la parte musical de la presentación de la novela La caverna de José Saramago en el Zócalo de la Ciudad de México, con la presencia del autor.


En La Habana, Cuba, 2008. Foto de Mariana Mercado

Desde entonces trabajamos ininterrumpidamente en una serie de empresas que han moldeado mi ser, mi manera de pensar y mi forma de ver la vida. Nunca dejamos de reunirnos para estudiar música antigua, compartimos cursos y seminarios, conciertos, giras, juntas. Tuvimos proyectos fallidos y exitosos, pero todos formativos.

Tocamos en universidades, iglesias, antros, plazas, playas, casas, en el escenario del Plantón del Zócalo en 2006, como protesta por la manera en que se llevó a cabo el proceso electoral; tocamos en la Merced, en Tepito, en el Museo de Guadalupe en Zacatecas, compartimos cursos de lírica medieval y el seminario, colaboré en el proyecto de la formación de un coro dedicado a la música antigua, cuyos alumnos recibieron de Rita el entusiasmo por la música y la disciplina que requiere el trabajo vocal.

En el año 2007 preparamos un programa de voz y laúd, especialmente pensado para una gira por siete estados del país. Cantigas medievales, lírica sefardí, dos temas árabes, villancicos del siglo XVI y alguna selección de polifonía en América, era básicamente el contenido del programa que titulamos "El jardín de las delicias". Subíamos a la cajuela del auto una alfombra, varias veladoras, atriles, partituras e instrumentos, encendíamos el motor y salíamos rumbo a algún pueblo o ciudad. No sabíamos qué público nos aguardaba ni en qué condiciones tocaríamos pero teníamos la certidumbre del repertorio que deseábamos compartir y una convicción de la importancia del arte como el más valioso de los bienes culturales que se puede brindar a la sociedad.

Conocimos Ixtenco, pueblo de Tlaxcala que tuvo importancia antiguamente en el comercio, en donde el profesor Humberto fue tocando casa por casa para invitar al público; en cada domicilio explicaba de qué trataría el espectáculo. Fuimos muy bien recibidos en Nepantla, donde el público llegó al Auditorio del Centro Cultural Sor Juana. Tocamos al lado de la virgen gigante de Chignahuapan.

El día de hoy no sé si atesoro más esos recuerdos tan felices o los de la dificultad. Recuerdo que en Oaxaca teníamos que plantarnos por horas en las oficinas de Cultura para que nos atendieran: habíamos estudiado la música durante meses, habíamos llegado hasta allí listos para la actuación y resultaba que los cómodos funcionarios no habían encontrado un recinto para hacer el concierto y pensaban cancelarlo.

Rita creía en la tolerancia y la practicaba, pero la indignación hervía en sus venas frente a la desidia y mezquindad de los funcionarios y ante los múltiples hechos de injusticia que frecuentemente se llevan a cabo en el ámbito cultural del país. Evitaré narrar la larga historia de bilis, teléfono y oficinas que pasamos en Oaxaca, finalmente triunfamos: recuerdo bien a Rita, mi hijo Darío con 5 años y algunos amigos, acomodando la sillas y limpiándolas con una franelita para que el concierto se llevara a cabo.

En Acapulco la experiencia fue similar: viajamos durante la noche y cambiamos llantas en la autopista que estaba invadida por rocas; y cuando nos preparamos para el concierto el encargado de la Casa de Cultura, que más parecía un vacacionista perezoso que un servidor público, nos confesó que no había hecho difusión y que si no nos adaptábamos, podía cancelar el concierto, para lo cual bastaba hacer una llamada a no sé cual maestra, para prevenir a los pocos invitados ¿Qué tal nos sentimos esa vez? Optamos por el pacifismo: no ahorcamos a aquel flojonazo, nos adaptamos y dimos el concierto sudando a cada nota. Al anochecer Rita y yo cenamos rissoto con mariscos; estaba entera y satisfecha, ni una gota de amargura quedaba en su rostro. Esta es una imagen de fortaleza que tendré siempre en la memoria, abrigada de cariño.

No fueron batallas contra molinos de viento: creímos en la música como un bien que debe compartirse; creímos en la utilidad de los conciertos para la sociedad; creímos que vale la pena que el vendedor de discos piratas de San Jerónimo en la Costa Grande baje el volumen de su amplificador para dejar que resuenen los antiguos instrumentos de cuerda pulsada y desde el alma salgan cantando las palabras, nani nani, y en el aire se revuelvan con la brisa del Pacífico.


Concierto Remedios curativos, en el 81, diciembre 2010

Nunca nos detuvimos, y los resultados del trabajo no sólo se plasmaron en las presentaciones sino también en el espíritu de cada uno: ahí vivirán por siempre. La enfermedad no fue un obstáculo para nuestra relación musical, de hecho la música cobró en su vida una importancia mayor. Organicé un pequeño concierto en apoyo tanto económico como moral para los duros tratamientos que comenzó al final de 2010 y tuve la grata sorpresa de recibir un mensaje de ella antes de comenzar: "Me estoy sintiendo bien ahora y quisiera ir al concierto pero me da un poco de pena porque voy con mis familiares". El concierto terminó con ella cantando sobre el escenario.

El 20 de enero tuve el último ensayo con Rita. Llegué con 12 piezas nuevas que nos provocaron una verdadera indigestión musical. Al día siguiente me di cuenta de mi imprudencia, provocada por una reacción pueril ante el temor poco conciente de la enfermedad y la muerte. Tal vez pensaba, ingenuo, que alzando las partituras con las manos y agitándolas gritaba: "Enfermedad, tenemos mucho que hacer, no se te vaya ocurrir interponerte en los planes".


Concierto el 20 de diciembre de 2011 en X Teresa

Recibí el último mensaje de texto suyo el 10 de febrero de 2011 que termina diciendo: "¿Cuándo nos vemos? Acabo de salir del hospital". No pudimos concretar la cita, pero no dejo de ver en ese mensaje el fuego de su voluntad aún ardiendo y me conmueve profundamente su alta estima por el trabajo compartido durante poco más de diez años. De esto, como muchas otras manifestaciones de Rita, no se debe hablar en pasado.

Ahora funcionarios de cultura y políticos hablan de Rita y se lamentan, a ellos hay que pedirles silencio, porque Rita está viva, hay que escucharla y aprender de ella. Y ya sin afán de censura, pido a todos: hay que seguir escuchando a Rita, no solo su voz y su canto, también sus historias, su corazón palpitante.


Concierto en Santo Domingo, Centro de la Ciudad de México a fines de 2010

Cuando llego al final de la página me doy cuenta que nadie disfrutaría tanto rememorar las escenas que he contado, las anécdotas, los personajes (benignos o pesados), a nadie conmoverían y divertirían tanto como a Rita. Me doy cuenta plenamente de eso y lloro. 


lunes, 24 de septiembre de 2012

Septiembre


Xarab es una palabra escurridiza. Árabe y escurridiza. No podemos asegurar que se haya desparramado en sarao y luego en jarabe; la pronunciación de esta última palabra con la fonética antigua es muy parecida a la palabra árabe. Bebida, vino, composición líquida de varios elementos, suspensión curativa. Fiesta, muestra escénica compuesta de varios elementos, principalmente música, danza y poesía. Expresión mexicana del tiempo de la Independencia, que poco a poco se fue refugiando en las rancherías y se petrificó un tanto desfigurada en los montajes del siglo XX para ballet folclórico.

A partir de que en 2010 montamos el programa Xarab, sarao y Jarabe. Música, poesía y baile del tiempo de la Independencia, mis compañeros de Segrel y yo hemos recibido joyas de nuestra herencia cultural nacional. Darle voz y corazón a las décimas de Hidalgo en el umbral de su fusiliamiento; hacer vibrar en nuestros cuerpos y nuestras cuerdas las canciones de las tropas de Morelos, tocar la música apropiada para que una sola pareja haga una muestra de precisión y destreza bailando el genuino jarabe mexicano, es tomar un camino para aproximarse a la patria que tiene desencantos y satisfacciones.

Tal vez estoy bien adoctrinado por la SEP de los setentas, y llevo sembrada una continua loa a los héroes patrios; tal vez mi entusiasmo infantil por las cuetizas de los 15 de septiembre; tal vez mis lunes de esfuerzo por permanecer derecho en el saludo a la bandera; tal vez las borracheras sin sentido y la ultraviolencia coyoacanense de mi primera juventud; y otros factores que no alcanzo a ver, me condicionaron para tomar ese camino.

Por los antecedentes del grupo Segrel trabajando con la antigua lírica popular, quedó bien justificado el estudio de las expresiones líricas representativas de la Independencia de México. El enfoque histórico del trabajo del grupo resultó muy pertinente para emprender este programa escénico. La investigación ha sido una experiencia muy gratificante para mí, y puedo asegurar que también para mis compañeros de escenario. Me siento orgulloso de mis antepasados, me siento agradecido con ellos porque han llenado mi cabeza de conocimientos y mi corazón de alegría. Hablo de los ceramistas-músicos-Insurgentes, escritores, poetas, guitarristas, cantores, aguadores-jaraberos, investigadores, de la pelusa, de los héroes, de alguno que otro hacendado, de mis compañeros del grupo, del público mexicano actual.

Para hablar de desencantos, recuerdo la respuesta del historiador Villalpando en 2010 ante la propuesta del programa. Algo así como: ya tenemos todo perfectamente planeado y organizado, no dudo que su propuesta tenga calidad, pero en los fabulosos festejos del bicentenario ya no tiene cabida. Yo creía que nuestro programa generaría gran interés en las programaciones culturales de dicho año por ofrecer una recreación histórica única de expresiones ya desconocidas para la mayoría del público mexicano. Pero las expectativas han quedado muy grandes a la realidad. Ignorancia (desgano generalizado por ir más allá del pretexto) y antipatriotismo (como ideología hegemónica) han sido los obstáculos persistentes.

Para hablar de satisfacciones, doy testimonio de la presentación del grupo Segrel en el Teatro de la Ciudad el pasado 6 de septiembre. Con una producción menos que raquítica, poco tiempo para difusión y otras adversidades, el resultado fue un intercambio con el público realmente conmovedor. Martín Pérez, bailarín, se regresó desde Colombia a media gira, solo para actuar en dicha presentación. En el público se encendió un espíritu que la pasividad televidente no ha doblegado. Una señora se levantó de su butaca para gritar a Segrel: “¡artistas y patriotas!”, tan emocionada que casi caía al piso.

Por mi parte puedo decir que aparte de las emociones tan especiales me invaden en el escenario, esa noche sentí una gran emoción cuando el público respondió con vivas a la copla de tiempos de la Independencia documentada por Guillermo Prieto y cantada ahora por Jorge Morenos en el Jarabe documentado por Francisco Santamaría: ¡Que viva la Independencia! / ¡Que viva la libertad! / ¡Que viva México libre! / ¡Que viva la igualdad!

Tengo necesidad de avivar mi amor por la patria, y es un honor compartir esa necesidad a través del arte. Algunas veces he sentido que encarnamos la imagen de Gibrán, del que ofrece un tesoro que sostiene entre las manos y la gente pasa a su lado sin tomar nada, pero otras veces he sentido una profunda comunión. Quizás con resentimiento, afirmo que los fabulosos festejos bicentenarios, incluyendo al coloso y la suavicrema (cuyo único rasgo de ingenio y creatividad es su sobrenombre popular) no han dejado nada; han sido pura pólvora cebada. En cambio nuestro Xarab, adquiere vitalidad y vigencia, crece entre la adversidad y le ha dado patria a este mes de septiembre.  

Manuel Mejía Armijo, Ciudad de México, septiembre 2012


lunes, 17 de septiembre de 2012

Bienvenida

Bienvenidos a esta bitácora que da cuenta del despertar y viaje de un laúd que mira el mundo a través de una celosía labrada, que le habla al mundo en voz baja. Que se regocija en las promesas del mañana. 
Su paso no deja huella, como el pez en el agua, como el ave en el viento, como el hombre en la mujer. 
Su mirada queda trémula al brillo del sol de su mañana, los rincones de su cóncava recámara aún pueden guardar más sonidos.
Pero no piensen que es una bitácora fetichista; si un artefacto de madera con cuerdas llega a tener protagonismo en mis palabras, es por sus cualidades simbólicas, por ser un pecho contra mi pecho durante tantas horas, por haber sido el mejor amigo de hombres como el Galileo viejo, por no rehuir al dolor humano, por no gritar de miedo, por su amor al equilibrio.
Entre el griterío de voces destempladas, parece mudo; frente a los oídos necios, es inútil maquinaria; pero su voz no termina, aunque haya dormido por años, su voz es joven, y despierta con delicadeza.
Toqué por primera vez un laúd en la casa de Daniel Guzmán, con mi tía Carmen Elena, y ahora que me recuerdo explorándolo no puedo desprenderme de la imagen de un primate curioso haciendo uso de sus manos. Pero sospeché desde ese momento, que me gustaba tener esa voz, que podía decir las cosas que vale la pena decir, con esa voz; y sospeché entonces que podía aprender un lenguaje de sabiduría, aunque quedará al margen de su entendimiento, la proximidad me brindaría un calorcito, vital, indispensable para mi supervivencia.
Eso fue en el año 1996.
Este es el año 2012, y mi amiga Lorena Uribe, que emprende un estudio de ciertos aspectos de la percepción musical a través de la poesía de siglos de oro, me envía este soneto de Juan de Iranzo:


Foto:Daniela González
A un laúd, uno que lo tañía

De herirte, laúd, jamás me alejo,
ni el Amor de herirme se refrena;
a ti te ciñe cuerda, a mí cadena;
tú suenas dulcemente, yo me quejo.




Tu pecho está herido, yo no dejo
de tener en el mío llaga y pena;
a ti y a mí nos tiempla mano ajena;
tú eres por ti mudo, yo perplejo.

Tú de box, yo amarillo; tú, hincadas 
las clavijas que tuercen donde quiero;
yo, mil flechas de amor, de Amor guiadas.

Tú eres muerto, yo muero si te hiero;
los golpes te dan vidas acordadas;
dolor es vida en mí, sin él yo muero.